
Cuando Microsoft presentó Windows 11, la compañía lo definió como el siguiente gran paso en la evolución de su sistema operativo: más moderno, más seguro y preparado para una nueva era marcada por la nube y la inteligencia artificial. Sin embargo, desde sus primeros anuncios, el proyecto comenzó a generar una reacción inesperada: desconfianza. Lo que debía ser una transición natural desde Windows 10 se convirtió en una relación tensa entre Microsoft y una parte significativa de su base de usuarios.
El punto de ruptura inicial llegó en 2021, con la imposición de requisitos de hardware estrictos que dejaron fuera a millones de ordenadores plenamente funcionales. Aquella decisión marcó el tono de lo que vendría después. Desde entonces, cada intento de Microsoft por impulsar Windows 11 ha estado acompañado de polémica, resistencia y, ahora, de datos que reflejan una pérdida clara de terreno.
-Los números que confirman el problema
Las cifras recientes de Statcounter dibujan un escenario difícil de ignorar. En apenas dos meses, Windows 11 ha pasado de concentrar el 55,18% del mercado en octubre de 2025 a quedarse en un 50,73% en diciembre. Más de cinco puntos porcentuales evaporados en un periodo muy corto, justo cuando Windows 10 ya había quedado oficialmente fuera de soporte.
El contraste es llamativo. Windows 10, lejos de desaparecer como esperaba Microsoft, ha crecido en ese mismo intervalo desde el 41,71% hasta el 44,68%. Incluso Windows 7, un sistema abandonado hace años, ha registrado un repunte hasta el 3,83%. No se trata de una migración hacia algo nuevo, sino de un repliegue hacia versiones antiguas.
Para muchos analistas, estos datos son una señal inequívoca de rechazo. “Cuando los usuarios prefieren quedarse en sistemas sin soporte antes que adoptar el actual, el problema no es técnico, es de confianza”, apuntan desde firmas de análisis del sector.
-El fin de Windows 10 no aceleró la adopción, la frenó
Microsoft confiaba en que el cierre del soporte de Windows 10 en octubre actuaría como el empujón definitivo hacia Windows 11. El resultado ha sido el contrario. La estrategia de presión —avisos constantes, notificaciones insistentes y herramientas de actualización cada vez más invasivas— ha generado rechazo en lugar de adhesión.
Muchos usuarios han optado por permanecer en Windows 10, asumir los riesgos de seguridad o incluso plantearse alternativas, antes que aceptar un sistema que perciben como impuesto. En foros y comunidades técnicas se repite la misma idea: no es que Windows 11 sea inutilizable, es que no inspira tranquilidad.
-Un inicio de año marcado por errores graves
A este clima de desconfianza se ha sumado un arranque de 2026 especialmente complicado. Las actualizaciones de enero han provocado fallos de alto impacto: equipos incapaces de arrancar, problemas para apagar o hibernar el sistema y aplicaciones críticas que dejan de funcionar tras instalar parches obligatorios.
Microsoft se ha visto obligada a lanzar varias actualizaciones fuera de banda para contener la situación, una medida que, lejos de transmitir control, ha reforzado la sensación de improvisación. “Las actualizaciones de seguridad no deberían convertirse en una ruleta rusa”, comentaba recientemente un administrador de sistemas en Reddit, reflejando un sentimiento cada vez más extendido.
-Privacidad, IA y decisiones que incomodan
El malestar no se limita a la estabilidad. La confirmación de que Microsoft puede facilitar claves de recuperación de BitLocker a las autoridades bajo requerimiento legal ha reavivado el debate sobre privacidad. A esto se suma la integración cada vez más agresiva de servicios basados en inteligencia artificial, muchas veces activados por defecto y difíciles de deshabilitar por completo.
Satya Nadella defendía esta estrategia el año pasado al afirmar que “Windows debe evolucionar para convertirse en una plataforma inteligente que anticipe las necesidades del usuario”. Sin embargo, para muchos usuarios esa visión se traduce en un sistema más intrusivo, cargado de funciones que no han pedido y que no siempre pueden controlar.
-Un sistema moderno, pero sin crédito
El problema de Windows 11 no es la falta de capacidades. Técnicamente, es un sistema sólido, compatible con el software actual y preparado para el futuro. El verdadero obstáculo es la percepción pública. La suma de errores recurrentes, cambios de diseño impopulares, decisiones unilaterales y una comunicación poco empática ha erosionado la relación con los usuarios.
La caída de cuota de mercado no es un accidente ni una anomalía estadística. Es el síntoma de una desconexión profunda entre lo que Microsoft quiere que Windows sea y lo que sus usuarios esperan de él. Que un sistema nuevo pierda terreno frente a versiones antiguas debería ser una señal de alarma mayúscula para la compañía.