
Los teléfonos inteligentes llevan años presumiendo de potencia. Procesadores capaces de tareas complejas, pantallas cada vez más luminosas, conectividad constante y sistemas operativos que nunca duermen del todo. Sin embargo, esa evolución tiene un coste silencioso: la autonomía. La sensación de que el móvil “se queda sin batería sin motivo” no es paranoia ni desgaste prematuro del dispositivo. Es el resultado directo de un ecosistema de aplicaciones diseñado para estar activo incluso cuando el usuario no lo está.
Hoy, usar un smartphone no implica solo interactuar con la pantalla. Significa convivir con decenas de procesos que se ejecutan en segundo plano, sincronizan datos, precargan contenido, rastrean ubicación, actualizan feeds y envían métricas. Todo eso sucede, aunque el móvil esté bloqueado sobre la mesa. Y ese trabajo invisible, acumulado durante semanas, termina pasando factura.
Un estudio reciente de la compañía británica Elevate, especializada en redes y telecomunicaciones, pone cifras concretas a esta percepción generalizada. Según sus datos, cada vez más usuarios necesitan cargar su teléfono a diario, una tendencia que se ha acentuado desde 2019. La causa no es únicamente un aumento del tiempo de uso, sino un cambio profundo en el comportamiento de las aplicaciones más populares.
-¿Cómo se mide el consumo real de batería en un mes de uso?
El enfoque del análisis de Elevate se aleja de la típica medición puntual. En lugar de observar cuánta batería se pierde en una hora concreta, el estudio evalúa el consumo energético acumulado durante un mes completo. Para ello cruza variables como tiempo de pantalla, uso de datos, procesos en segundo plano y drenaje por hora, y las traduce a un concepto más comprensible: cuántas cargas completas “equivalentes” requiere una aplicación a lo largo de 30 días.
Cuando una app aparece asociada a un consumo del 1.000% o más, no se está hablando de una batería imposible, sino de la suma de todos los momentos en los que esa aplicación exige energía al dispositivo. Es una forma de visualizar hábitos sostenidos: sesiones largas, aperturas frecuentes y actividad persistente incluso después de cerrar la app.
Este método deja clara una realidad incómoda. No solo importa lo que haces con el móvil, sino lo que el móvil sigue haciendo por su cuenta. El impacto no siempre llega en forma de picos bruscos; muchas veces es un desgaste constante, casi imperceptible, que termina vaciando la batería antes de que acabe el día.
-El streaming de vídeo y el precio de convertir el móvil en una televisión
En lo más alto del ranking aparece Netflix, un resultado previsible pero revelador. El vídeo en streaming reúne prácticamente todos los factores que más energía demandan: pantalla encendida durante largos periodos, alto nivel de brillo, decodificación continua de imagen y sonido y una conexión de datos estable que no se interrumpe. Es un escenario exigente incluso para dispositivos de gama alta.
Según las estimaciones del estudio, el consumo mensual asociado a Netflix equivale a unas quince cargas completas de batería. Esta cifra se apoya tanto en el tiempo de visionado, que ronda varias decenas de horas al mes, como en una actividad en segundo plano que no es despreciable. Incluso cuando no se está reproduciendo contenido, la aplicación sigue gestionando recomendaciones, sincronización y estado del servicio.
El resultado es claro: usar el móvil como pantalla principal para series y películas implica someterlo a un esfuerzo similar al de un televisor, pero con una batería infinitamente más pequeña. La caída rápida del porcentaje no es un fallo del sistema, sino una consecuencia lógica del uso.
-TikTok y el consumo fragmentado que no da tregua
Si Netflix representa el consumo intensivo prolongado, TikTok encarna el drenaje constante por acumulación. La dinámica de vídeos cortos y desplazamiento infinito invita a sesiones que parecen breves, pero que se alargan sin que el usuario sea plenamente consciente. Cada clip activa procesos de carga, reproducción y personalización, una y otra vez.
El estudio sitúa a TikTok como una de las aplicaciones con mayor impacto energético mensual. Lo llamativo no es solo el tiempo de uso, sino la cantidad de actividad que mantiene cuando ya no está en primer plano. Su tiempo en segundo plano es sorprendentemente alto en relación con el tiempo de pantalla, lo que sugiere que la app sigue trabajando incluso después de salir de ella.
Este comportamiento ayuda a explicar por qué muchos usuarios perciben un desgaste continuo de la batería aunque no estén usando activamente el teléfono. La app no está “apagada”, solo fuera de la vista. Y en un contexto de uso masivo, ese patrón se multiplica millones de veces.
-YouTube, redes sociales y la falsa sensación de ligereza
YouTube comparte muchos de los rasgos de Netflix, aunque con un uso más fragmentado. El consumo energético estimado por hora de vídeo es elevado, y se ve amplificado por funciones como la reproducción automática, las notificaciones constantes y la actualización continua del feed. Aunque el usuario no esté viendo un vídeo, la aplicación se comporta como si tuviera que estar siempre lista para el siguiente.
Algo similar ocurre con redes sociales que, en teoría, parecen menos exigentes. Aplicaciones centradas en texto o imágenes, como Threads, demuestran que el contenido no es el único factor determinante. El refresco constante, la sincronización de mensajes, la carga de vistas previas y la comprobación continua de interacciones convierten a estas plataformas en consumidoras de energía persistentes.
Snapchat, por su parte, añade un elemento especialmente costoso: la cámara. Los filtros en tiempo real, los efectos visuales y el uso intensivo de sensores elevan el consumo incluso cuando el tiempo de uso no es extremo. En este caso, una parte muy significativa del drenaje ocurre cuando la app no está abierta, lo que refuerza la idea de que el segundo plano es ya uno de los grandes protagonistas del gasto energético.
-Ajustar el comportamiento, no renunciar al ecosistema
Reducir el impacto de estas aplicaciones no pasa necesariamente por eliminarlas. La clave está en entender cómo y cuándo consumen energía, y en ajustar su comportamiento a las necesidades reales del usuario. Tanto iOS como Android ofrecen herramientas detalladas para identificar qué apps lideran el consumo y cuánto de ese gasto se produce fuera del uso activo.
Limitar la actividad en segundo plano es una de las medidas más efectivas. Al hacerlo, se sacrifica inmediatez —los contenidos tardan unos segundos más en actualizarse—, pero se gana estabilidad en la autonomía. Algo parecido ocurre al reducir la calidad del streaming o desactivar funciones automáticas pensadas para la comodidad, pero no para la eficiencia.
Las notificaciones merecen una mención aparte. Cada alerta implica activar la pantalla, la conexión y varios procesos internos. Mantener solo las realmente necesarias puede marcar una diferencia notable a lo largo del día. Combinado con modos de ahorro de energía en momentos clave, el resultado suele ser un consumo más predecible y menos abrupto.
La conclusión es clara: la batería no se está quedando atrás; las aplicaciones han avanzado mucho más rápido. Entender ese desequilibrio es el primer paso para recuperar el control sobre un recurso que, aunque invisible, sigue siendo uno de los más limitados del smartphone moderno.